La crisis de Boca de 1984, de culpables y gratitudes
En 1984, el Club Atlético Boca Juniors estuvo al borde de la quiebra. Fue intervenido por decisión del gobierno nacional, tras el vacío de poder derivado de la necesaria y previsible renuncia de Domingo Corigliano, quien no pudo siquiera cumplir un año del mandato iniciado en diciembre de 1983. Por decisión unánime fue ungido presidente alguien que está en el cielo xeneize, Don Antonio Alegre.
Fuentes como el blog Imborrableboca, la hemeroteca de la revista El Gráfico y el libro Armando a Macri, memorias del interventor Federico Polak, contemplan datos históricos, entre ellos un pedido de remate de La Bombonera que solicitó el club Wanderers de Montevideo, harto de no cobrar una deuda por el pase de Ariel Krasouski a Boca en 1981. A ese nivel había llegado la institución, tres años sin pagarle a una entidad que se cansó de esperar con buena voluntad.
De modo análogo, y ante sucesivos incumplimientos, el plantel profesional de Boca fue a la huelga. La consecuencia fue dramática: seis derrotas (1-2 ante Atlanta en la primera rueda del torneo Metropolitano y cinco sucesivas en la segunda, 0-2 frente a Newell's, 3-0 de visita ante Unión en Santa Fe, 1-2 contra Temperley, 4-1 a manos de River y 1-5 con Argentinos Juniors). Historiadeboca.com.ar también puntualiza un dato elocuente: Boca finalizó 16° entre 19 equipos, a seis unidades del último -cada triunfo valía dos- y a 21 del campeón.
Ningún hincha colgó banderas de reconocimiento a Carlos Córdoba, uno de los futbolistas que lideró la medida de fuerza, por el éxito en su lucha para que Corigliano dejase la presidencia del club. Tampoco hubo gratitud -menos que menos, perdón- a Oscar Ruggeri y Ricardo Gareca, quienes pasaron directamente de Boca a River, club donde jugaron juntos el primer semestre de 1985 y en el cual el primero se coronó campeón nacional y de las copas Libertadores e Intercontinental en 1986. Es lógico; en Argentina se es hincha de un cuadro, no de un club; se aprecia a los jugadores por lo que hacen en la cancha, no por la repercusión de sus acciones en relación con la comisión directiva.
Vaya si fue duro y peligroso ese 1984 para Boca, cuyo saldo deportivo durante la huelga de profesionales fue ningún punto obtenido sobre doce en disputa. Un castigo que los hinchas no merecían. Ahora bien, si la cuerda no se tensaba hasta ese punto, ¿qué habría pasado en 1985? Es probable que hubiera ocurrido un año similar, toda vez que Boca había cerrado 1983 con una formación amateur que padeció en Córdoba un inaudito 5-1 ante Instituto.
Aquel año, el del regreso de la democracia a la Argentina, también supo de elecciones en Boca. El vencedor fue Domingo Corigliano, quien prometió cambios y regularidad en los pagos. Confió -como el 99 por ciento de los hinchas y directivos- en una buena figuración en el torneo Nacional, lo cual generaría cuantiosos ingresos. No obstante, Boca quedó eliminado en primera ronda, tercero en un grupo de cuatro, lo que taló ganancias y encendió la pólvora de una bomba que provocó sucesivos perjuicios en 1984, último año en que el club naturalizó las deudas a sus trabajadores, fue intervenido y quedó en peligro de descenso.
Un tributo público a los futbolistas que insistieron en el paro a fin de que Boca se librase de la caótica presidencia de Corigliano es difícil de imaginar. No por ello configura una locura, en especial cuando ya no duele esa hilera de derrotas por ausencia profesional.