Justicia, purismo, delito e impunidad
La justicia... Cuántas barbaridades se cometen y se omiten en su nombre. Ni qué decir de la pureza.
Para algunos, se es justo por apegarse a la norma escrita, convalidada por un sistema de gobierno. Otros consideran que no siempre lo legal es legítimo, que no toda letra jurídica tiene buena caligrafía.
Un episodio de La ley y el orden expone la disparidad de criterios entre un fiscal que se apega a pie juntillas a lo prescripto y su ayudante, la cual asume que ocasionalmente romper la ley es bueno para que se haga justicia.
Nolan Price, el fiscal, acusa a alguien por una violación seguida de muerte. El hombre había cometido los mismos crímenes doce años atrás en perjuicio de la hermana de la ayudante del fiscal, Samantha Maroun.
Un testigo que lo vio de lejos la noche del asesinato debe identificarlo en la fila de reconocimiento, donde el hombre estará junto a otros cinco. Antes de que esto suceda, la ayudante del fiscal le da características físicas del hombre al que debe señalar.
Enterado de este procedimiento, que sesga el reconocimiento y por ende le quita validez jurídica, el fiscal resuelve no utilizar al testigo en el juicio. Consecuencia: el asesino de las dos mujeres es declarado inocente pese a que su ADN lo incriminaba. ¿Por qué no se tuvo en cuenta este dato? Ya que había sido extraído de una base de datos privada de una familiar del homicida interesada en conocer en detalle su árbol genealógico.
De modo análogo, en un capítulo de Policías de Chicago, el sargento Hank Voight sabe que un hombre ha matado a dos mujeres. El detective Antonio Dawson, también. Conocedor del número que le corresponderá al asesino en la fila de reconocimiento, el sargento se lo informa al detective para que a su vez le indique al niño testigo que debe decir "número 3".
Dawson, purista, deja que el niño haga según le salga en el momento en el que está frente al vidrio espejado y los cinco hombres. El niño se confunde, lo cual era previsible, y el asesino queda libre.
Tranquilo, lector: en ninguno de los casos se ha contado el final.
Ficción al margen, importa pensar en los estropicios que a menudo derivan del apego irrestricto a normas que, humanas al fin, son imperfectas.
En una de sus Crónicas del Ángel Gris, Alejandro Dolina escribe de un árbitro de fútbol que entendía la justicia como un bálsamo para los bondadosos, motivo por el cual solía fallar en contra del reglamento si con ello beneficiaba a un equipo de jugadores nobles. Por supuesto, duró poco como referí.