Deberes y percepciones celestiales
Charlaban Adrián y su padrino Sandro sobre cómo sería el juicio final.
Para Adrián, que solía conjugar lo que recordaba de catecismo, sus propios deseos y lo aprendido en la carrera, el juicio tendría en cuenta la experiencia de vida de cada uno. Fanático de la serie Chicago PD, temía que lo condenaran por no entregarse a pleno. Él, que había visto a personajes dar la vida para salvar de la cárcel a sus amigos o a otros que aceptaban ir presos para salvar incluso a compañeros con quienes no se llevaban bien, sentía una obligación grande: "Si yo me acobardo después de haber visto esos ejemplos, merezco una condena superior a la de aquellos que nunca se expusieron a este tipo de contenidos".
Sandro, que evocaba a menudo episodios de Kung Fu, pensaba que el camino del arrepentimiento era la escalera al cielo. Que ya que equivocarse es inevitable, lo única enmienda era darse cuenta del mal cometido y el intento de no repetirlo. Y que había que hacer como Kwai Chang Caine, vivir humildemente y atento a buenas enseñanzas.
Con el tiempo, uno y otro optaron por olvidar lecciones y saltear páginas. Adrián, especialmente, cada tanto escribía sus propios manuales, lo cual solía lamentar y lo mantenía como un péndulo entre lo que quería y lo que había asumido que debía.
Sandro era más simple: agradecía que la gula ya no fuera pecado y jugaba sus fichas al vive y confía.