Mundo de grandes – desconfianza
Por Sabina López, estudiante de sexto año, IPEM 252 de Río de los Sauces. Para un práctico que consistía en mirar los extremos del secundario y transformar la vista en una cantidad específica de líneas de dos títulos cada una.
Tareas difíciles, si las hay, pero no como describir lo que sentía hace
aproximadamente 6 años, recordar qué pasaba por mi mente los primeros
días de clases en la secundaria. Imagino que la incertidumbre invadía mi ser,
las dudas prejuzgando toda enseñanza que nos podían dar; puedo confirmar
que me sentía pequeña, que admiraba la sabiduría demostrada por los
profesores y, a su vez, la perseverancia de los chicos que ya habían logrado
llegar a sexto (asombrada del largo camino que estaban a punto de concluir y
sus anécdotas de este), sabía que me iban a exigir mucho más que en la
primaria, tenía miedo de no saber lo suficiente para aprobar, estaba en un
territorio que no conocía, porque a pesar de que siempre tuvimos clases
en el mismo edificio, estaba empezando de nuevo, sin conocer casi nada
de lo que me tocaría asimilar a la cotidianeidad en este ciclo básico.
Se corrían rumores de que: en lugar de 100, la nota más alta, sería 10; ya no
había guardapolvos, sustituyéndolos, vestiríamos chomba gris y jean azul;
los actos dejarían de ser divertidos con bailes y música, en cambio,
participaríamos de la lectura de una glosa en la cual estaba escrita la
información redundante sobre el día que conmemoraríamos. No podría
olvidar el temor que causaba la cantidad de materias que abarcaban las tardes,
a la cual, por obviedad uno con el tiempo se acostumbra o se adapta -no me
quedó alternativa -.
aproximadamente 6 años, recordar qué pasaba por mi mente los primeros
días de clases en la secundaria. Imagino que la incertidumbre invadía mi ser,
las dudas prejuzgando toda enseñanza que nos podían dar; puedo confirmar
que me sentía pequeña, que admiraba la sabiduría demostrada por los
profesores y, a su vez, la perseverancia de los chicos que ya habían logrado
llegar a sexto (asombrada del largo camino que estaban a punto de concluir y
sus anécdotas de este), sabía que me iban a exigir mucho más que en la
primaria, tenía miedo de no saber lo suficiente para aprobar, estaba en un
territorio que no conocía, porque a pesar de que siempre tuvimos clases
en el mismo edificio, estaba empezando de nuevo, sin conocer casi nada
de lo que me tocaría asimilar a la cotidianeidad en este ciclo básico.
Se corrían rumores de que: en lugar de 100, la nota más alta, sería 10; ya no
había guardapolvos, sustituyéndolos, vestiríamos chomba gris y jean azul;
los actos dejarían de ser divertidos con bailes y música, en cambio,
participaríamos de la lectura de una glosa en la cual estaba escrita la
información redundante sobre el día que conmemoraríamos. No podría
olvidar el temor que causaba la cantidad de materias que abarcaban las tardes,
a la cual, por obviedad uno con el tiempo se acostumbra o se adapta -no me
quedó alternativa -.
Mezcla de emociones – Colapso
Ansias, melancolía, miedo, intriga, alegría e inseguridad; estas emociones
o sentimientos son las que pueden describir lo que genera en mí llegar a
sexto año y estar a unos meses de entrar a la universidad. Me afiancé en
el secundario, aprendí muchísimas cosas nuevas, conocí a personas
inigualables, generé cambios en mi forma de pensar y hacer, comencé a
percibir actitudes que no notaba, llegué lo más lejos que pude. Volví a
sentir la seguridad que genera pasar al último año del colegio
(como en la primaria), esa euforia extraordinaria de saber que finaliza
una etapa, pero junto a esto me reencontré con la desconfianza que
tuve en primer año, el temor a no poder ingresar en la carrera que me
gusta, a no llegar con el rendimiento académico, a fallar, a perder tiempo,
a defraudarme, a que no me guste lo que marqué como vocación hace
un tiempo. Me resulta difícil disfrutar de este, al cual algunas personas
llaman “logro” y yo confundo o nombro como cumplimiento
de una responsabilidad moral, con todas estas preguntas que vagan por
mi cabeza, incógnitas que dentro de
un tiempo espero poder resolver con la ayuda de alguna teoría
matemática, un descubrimiento filosófico, un texto de formación para
la vida, un ensayo sobre gustos o, quién dice, un balance de sumas y
saldos de contabilidad. En fin, este año espero aprender mucho más
que en los anteriores, poder superar mis expectativas con una renovada
estabilidad estudiantil.
o sentimientos son las que pueden describir lo que genera en mí llegar a
sexto año y estar a unos meses de entrar a la universidad. Me afiancé en
el secundario, aprendí muchísimas cosas nuevas, conocí a personas
inigualables, generé cambios en mi forma de pensar y hacer, comencé a
percibir actitudes que no notaba, llegué lo más lejos que pude. Volví a
sentir la seguridad que genera pasar al último año del colegio
(como en la primaria), esa euforia extraordinaria de saber que finaliza
una etapa, pero junto a esto me reencontré con la desconfianza que
tuve en primer año, el temor a no poder ingresar en la carrera que me
gusta, a no llegar con el rendimiento académico, a fallar, a perder tiempo,
a defraudarme, a que no me guste lo que marqué como vocación hace
un tiempo. Me resulta difícil disfrutar de este, al cual algunas personas
llaman “logro” y yo confundo o nombro como cumplimiento
de una responsabilidad moral, con todas estas preguntas que vagan por
mi cabeza, incógnitas que dentro de
un tiempo espero poder resolver con la ayuda de alguna teoría
matemática, un descubrimiento filosófico, un texto de formación para
la vida, un ensayo sobre gustos o, quién dice, un balance de sumas y
saldos de contabilidad. En fin, este año espero aprender mucho más
que en los anteriores, poder superar mis expectativas con una renovada
estabilidad estudiantil.