Lamentable canasta
El equipo argentino de básquet perdió en los Panamericanos por no tener la ropa que le habían avisado que debía usar. Nada raro en un país donde las normas se redactan con mucho menos esmero que el destinado a ignorarlas.
Al menos, el hombre a cargo de esto -no cabe llamarlo responsable- ya renunció.
Hernán Amaya prefirió incluir un médico en vez de un utilero responsable de la ropa de las basquetbolistas argentinas en los juegos Panamericanos. Está bien llevar a un médico en la delegación, sin olvidar que las normas de vestuario son estrictas.
Como apuntaron los viejos sabios, si el tema era económico se podría haber resuelto dejando en Buenos Aires a un burócrata -a la luz de los hechos, también inútil- y dedicar sus viáticos al utilero.
Pero para eso hacía falta renunciamiento. Y esta virtud, ilustrativa de una de las esculturas de la plaza San Martín en Río Cuarto, escasea tanto como la ropa adecuada para jugar al básquet.
En los Juegos Olímpicos Barcelona 1992, el desfile de la delegación argentina mostraba, en contraste con casi todas, a numerosos hombres entrados en años y con decenas de kilos de más.
Eran los dirigentes, los que viajaban a ver cómo competía un puñado de deportistas.
Pasaron 27 años. Cambió el siglo, no el pertinaz apego nacional al papelón, hoy representado por basquetbolistas que pierden ante Colombia no por hacer menos puntos sino por no estar en condiciones de jugar dado que su ropa no fue provista por uno de los que viajó a Lima.
¿Qué nos deparará 2046?