Sueños, palabras mayores
"¿Por qué no enfatizar el derecho a imaginar, soñar y luchar por el sueño? Al fin y al cabo es preciso dejar bien claro que la imaginación no es ejercicio de gente desconectada de la realidad, que vive en el aire. Por el contrario, al imaginar alguna cosa lo hacemos condicionados por la falta de lo concreto". Paulo Freire dice esto, que vaya si sirve como réplica a todos quienes les proponen 'poner los pies sobre la tierra' a quienes desean en voz alta un país donde los barras bravas queden desafiliados y la justicia vuelva de la B.
Parece una bobada, una expresión propia de quien no madura, de alguien que no ve noticieros ni frecuenta archivos. De hecho, si hubiera que apostar, ¿quién pondría más de 50 centavos por el cumplimiento de ambos sueños?
Alguna vez fue un sueño el teléfono celular y bien que se habrán reído aquellos que escucharon a los que lo proyectaban. Habrán mirado con cara de "¿tomaste de más?" al que sostuvo que la lepra se transformaría en enfermedad del pasado. ¿Y cuántos platos tuvieron que ir a lavar las mujeres antes de que se les permitiera votar?
Río Cuarto tuvo hace alrededor de 25 años a gente que, como Freire, le hizo un lugar a la utopía en sus rutinas laborales. Pensaron para otros, que no es lo mismo que hacerlo por otros. Soportaron las burlas de los convencidos de que aprender es un verbo que no todos deben conjugar. Soñaron con una universidad a la que los mayores de 50 no fueran solamente a trabajar como docentes o nodocentes.
De ayer a hoy, de sus inicios como locura de pocos a su presente y futuro de realidad de miles. Una copa en alto por el Programa Educativo de Adultos Mayores. A la salud de quienes cobijaron y siguen haciendo el derecho a soñar.