Con la consigna de hacer un cuento con personajes fantásticos, un conflicto por la tendencia sexual de una joven y condicionamientos expresivos, Melisa Godoy (sexto año IPEM 252 de Río de los Sauces) escribió:
Sólo el tic tac del péndulo se escucha en la sala. El reloj marca el mediodía. El gato duerme en la alfombra junto a la chimenea. Don Atilio en la cocina le da los últimos toques a una exquisita comida italiana. El perro corre presuroso hacia la puerta. Es Ana que llega del trabajo cargando las compras que hizo camino a casa. Al entrar, el perro salta festejando su llegada y le dice: “¡Qué bueno que llegás!”. Ella deja las bolsas en el suelo y lo acaricia tiernamente. El rostro de la muchacha reflejaba la preocupación de no saber cómo hacer para hablar con su abuelo de algo que hace un tiempo había modificado su vida.
Ana recoge las bolsas y se dirige hacia la cocina, donde Atilio la recibe con un abrazo y un cálido beso. El perro junto a ella le dice: “¡Quizás hoy sea un buen día!”. En ese momento el abuelo le alcanza la vajilla de porcelana blanca, la acomoda cuidadosamente sobre el mantel, aquel que hace tantos años bordaba su abuela con las iniciales de ellos dos entrelazadas con bellas flores. Atilio le pregunta: “¿Cómo estuvo su día, m’hijita? ¿Cómo le fue en el trabajo?”. Ella le cuenta con detalles su día en la oficina, mientras él escucha atentamente.
Terminan de almorzar y el abuelo se dirige hacia la sala, se acomoda en su sillón frente a la estufa donde a diario toman un café. Ana en la cocina termina de ordenar mientras prepara las tazas. El perro la mira fijamente, entonces ella le pide: “¡Dime, Simón! ¿Cómo hago para decirle? ¿Cómo hago?”. El perro le responde: “¿A qué le temes? ¿Acaso dudas de su amor?”. “No es eso”, le responde ella. “El abuelo es todo para mí y no podría ser feliz si lo lastimo de algún modo”. “No reniegues de tus elecciones, si te hacen feliz él comprenderá”, le sugirió el perro.
Ana no puede evitar sentir que le romperá el corazón. Se dirige a la sala con las dos humeantes tazas de café, se sienta en otro sillón a su lado. El abuelo, mientras toma su café, reposa con la mirada en aquella fotografía en blanco y negro que cuelga sobre el hogar; las blancas puntillas, el fino velo de ella, el negro traje y el prolijo peinado a la gomina le traen recuerdos de la boda con su amada esposa.
Ana tomó coraje y dijo: “Abuelo, quiero contarte que hace un tiempo he conocido a una persona muy especial a la que amo mucho”. “¡Qué bueno, m’hijita! ¡Ya era hora!, no quisiera morir sin verte entrar a la iglesia vestida de blanco y sin conocer a mis bisnietos”, exclamó el abuelo. Ella interrumpe: “Esa persona es una mujer, su nombre es Victoria”.
-¿Cómo es eso, m’hijita?
-Abuelo, yo no soy como has soñado, lamento haber destruido todas tus ilusiones.
Al ver la angustia de la muchacha, el abuelo dijo: “Yo no entiendo de esas cosas, pero sepa que mi mayor sueño fue verle feliz, que haga lo que haga, y sean cuales sean sus elecciones, yo estaré con usted siempre”.