7/10/10

Emancipación

Por Elena Moscone de Faricelli, del Programa Educativo de Adultos Mayores

El ser humano desde niño busca emanciparse, liberarse, romper las cadenas que lo atan a su imposibilidad de manejarse solo.


Primero lo hace temeroso, con cuidado de no caerse, trastabilla, hace balanza con sus brazos. Claro, su cabeza pesa mucho, lo que tiende a inclinarlo hacia delante.

Los brazos de su madre lo esperan ansiosos, llamándolo, dándole fuerzas, imprimiéndole a esa acción todo el afecto posible.

Algunos niños lloran, se sientan en el suelo, se niegan a caminar, hacen pucheros con su boquita.

Otros más valientes, dan el inicio y corren hasta alcanzar la meta: mamá.

El apuro por que caminen hace que sus padres no se den cuenta de que todos tenemos nuestros propios tiempos, nuestra propia madurez, un crecimiento que es desigual para todas las personas.

Cuando al fin algunos logran su objetivo, aplauden gozosas, orgullosas, festejando un triunfo que piensan es propio.

Lo mismo sucede con la emancipación en el sentido estricto de la palabra, todo pueblo quiere tenerla, liberarse. Sin pensar que solo la educación para disfrutarla la hará viable, ella será la que posibilite el camino a la tan ansiada libertad.

Con la educación no será sujeto manipulable, sabrá diferenciar entre publicidad y propaganda, no se impresionará con un discurso sin contenido, puro palabrerío.

Su oído cual violín afinado, se acostumbrará a apreciar el lenguaje pulido, bello, profundo, lleno de sentido. Así, podrá optar y disfrutar a pleno de su autonomía.

Eso devendrá en cultura, necesidad de cultivarse con bellas palabras, con bellas lecturas, con bellas personas, pero sin dejar de valorar a cada una de ellas por lo que es, sin soberbia, sin el resentimiento que da el no tener el preciado tesoro de la educación.