Machismo y otras creencias asesinas
¿En qué dios cree un criminal? ¿Qué idea tiene de justicia quien lincha?
Hombres en la calle levantan sus brazos y gritan. No es un gol, ni un
campeonato; lo que han obtenido, en Kabul (Afganistán) es la muerte de
una mujer que, supuestamente, había quemado el Corán. Lo lograron
mediante una golpiza entre decenas, aplicada tan pronto vieron en la
calle a una joven de 27 años a quien acusaron de ser enviada por Estados
Unidos y de haberle prendido fuego a un libro considerado sagrado.
Un
documental de la cadena británica BBC aborda el asesinato de Farkhunda,
quien estudiaba la ley islámica y era muy religiosa, según cuenta su
madre. O sea: nada de quemar un libro útil para quien, a los 27 años,
deseaba cultivar su intelecto y su fe.
¿Le importa la verdad a quen
es capaz de matar guiado por sus prejuicios? La turba respondió el
interrogante de un modo aberrante.
Pasada la muerte, más
destrucción: Farkhunda fue quemada y sus padres solo se enteraron de que
estaba muerta tras declarar, bajo presión estatal, que tenía problemas
mentales.
Los policías no solo les hicieron consignar a sus padres que la
joven Farkhunda estaba mal de la cabeza. También les
recomendaron abandonar la capital, Kabul, por su propia seguridad.
El presidente se enteró y se indignó. Acto seguido, y merced a las
filmaciones por celular de los entusiastas testigos del crimen, la
policía empezó a arrestar a los agresores. El juicio determinó pena de
muerte para unos, 16 años de prisión para otros y uno a los policías
que, por omisión, permitieron que la golpiza letal sucediera.
Tiempo
después, la pena de muerte se convirtió en diez años de cárcel y los
policías condenados por no impedir el linchamiento quedaron libres bajo
fianza.
"El respeto por la ley y por el otro no existen en nuestro país", dijo una activista por los derechos humanos.
La historia, trágica como suelen serlo aquellas atravesadas por los
extremismos, dejó una imagen de amor y valentía entre tanto odio: las
mujeres llevaron el ataúd de Farkhunda, víctima de vaya a saber
qué dios del odio en el que creyeron quienes la mataron vilmente.
Cuentan que fue un acto sin precedentes. Otra postal luminosa fue la de
miles de mujeres y hombres que marcharon por justicia luego del crimen.