26/10/13

Ideas terribles  
Confundir efectos con causas es común. Más de un niño cree que el viento es generado por ramas y hojas que se mueven. Cuando crecen, descubren que lo que ven es provocado por el viento, que a su vez -esto lo saben quienes estudian Geografía- es originado por diferencias de presión.
Suponer que lo que no se hace tiene como origen la falta de interés resulta otra equivocación habitual. Ejemplo: en un paraje no hay vacas, ni leche en polvo, ni heladeras a gas ni a kerosén, ni conservadoras, ni hielo. Las personas no consumen lácteos. No falta el que sentencia: "O sea que no les gustan los lácteos", prescindiendo del contexto.
En esta línea, en un colegio donde se afirma que "los chicos no leen", conviene revisar si se les asigna material de lectura. Si no, es como pretender que le guste el sushi a quien ni siquiera sabe qué es. En otras palabras, ¿cuántas chances hay de que un nene o adolescente lea si nadie lo estimula a que lo haga? ¿O acaso la responsabilidad tiene posibilidades de surgir sin una tarea por delante? "No les gusta estudiar", es otro latiguillo. ¿Y alguna vez se los hace estudiar a los chicos a los que se acusa?
Con relación a efectos tenidos por causas, también vale parar un ratito en la escuela. Por supuesto que el vínculo alumno - docente conlleva influencias mutuas. Un estudiantado que desde el inicio mismo de la clase mira el reloj cada tres minutos condiciona el entusiasmo del profesor. De todos modos, ¿se le puede exigir el mismo compromiso hacia la tarea al muchacho que al adulto que además cobra por hacerla? Como dijo un autor, es injusto pretender una cabeza madura sobre hombros adolescentes.
Para quien está frente al curso es funcional creer que su propia apatía es el inexorable fin de un camino iniciado por el desgano de los otros, así como al niño le queda cómodo rotular a las hojas y ramas cual fuentes de energía eólica.
Cielo nuboso, ¿verdad? Se hace tormenta si bajan mensajes institucionales desde la lógica del Cambalache: "No hay aplazados, ni escalafón". Entonces la responsabilidad se torna un sustantivo más abstracto que nunca para los que tienen la tiza y para los que las tiran.