3/11/15



    Tristeza
    Nicholas Kristof escribe en The New York Times que a las mujeres de Arabia Saudita les está prohibido manejar autos. Agrega que algunos clérigos les dicen que no deben usar cinturón de seguridad por temor a que muestren contornos de sus cuerpos.
    Semejante muestra de intolerancia tiene yapas tanto o más detestables. Algunas:
    a) Ali ar-Nimr, de 17 años, espera que le corten la cabeza (literalmente) por hallárselo culpable de caos y agresión a un policía. Poco importa a las ¿autoridades? saudíes que la confesión haya llegado aparentemente como consecuencia de torturas.
    b) Un británico de 74 años es condenado a 350 latigazos por habérsele encontrado alcohol. La buena nueva es que probablemente la pena no se haga efectiva por el profundo rechazo que el caso ha generado. La mala es que, tal indica el periodista, la ley seca brutal emana de oficiales de gobierno capaces de consumir licor cual si fuera agua tras dos horas de maratón.
    c) "Hago lo que quiero" fue lo que, según Los Angeles Times, declaró basado en su status un príncipe acusado de aterrar mujeres no solo mediante amenazas, también a golpes, mientras vacacionaba en Beverly Hills.
    Entre incoherencias y crueldades navegan estos gobernantes, que hacen con sus vidas lo que prohíben para las ajenas.
    ¿Qué se puede hacer desde aquí?, quizás se pregunte más de uno.
    En principio, revisar si una preferencia política se deslegitima por odio, prejuicios y olvidos incongruentes. No sea cuestión de que más de uno que se llenó los bolsillos en la década de los 1990 abjure de aquel tiempo. Tampoco se trate de criticar enfáticamente los feriados puente... antes y después de una selfie desde un lugar turístico en esos días. O de escuchar solo lo afín al interés propio, incluidos preconceptos. O de defender la democracia si y solo si el gobernante de turno nos complace.
    Sin autocrítica ciudadana, la república no goza de buena salud. Con fanatismos, tampoco.