5/2/26

GPS y psicología

Complementarios, no opuestos

Las lesiones de Exequiel Zeballos y Ander Herrera, el mismo miércoles de doble turno de entrenamiento, pusieron en tela de juicio la carga de trabajo y el cronograma de la Liga Profesional Argentina, que para Boca y el resto de los treinta clubes incluyó tres partidos en ocho días.

Una de las hipótesis fue el sobreesfuerzo de cada jugador derivado del miedo a quedar expuesto por el GPS que los mide a cada momento, como si la premisa subyacente fuera: quien corra poco, poco jugará.

Otra fue un error conceptual del preparador físico en lo coyuntural: la semana después de una en la que se disputaron tres encuentros, ¿para qué practicar mañana y tarde?

Diego Latorre, exjugador de Boca y Racing, sostuvo que un GPS no mide aspectos psicológicos. Correcto. Afirmó que, si bien los registros tecnológicos pueden avalar una alta exigencia, un deportista que esté mal de ánimo tal vez se lesione incluso durante ejercicios leves o no corra suficiente en un partido. Sobran ejemplos que lo avalan y marcan, sencillamente, que el ser humano es bastante más complejo que un montón de datos cuantitativos.

Roberto Perfumo, otrora futbolista y director técnico, decía que prefería afrontar un partido con jugadores frescos mentalmente y cansados desde lo físico que a la inversa. Una muestra que abona esta perspectiva -aunque no generalizable pues su protagonista es de los que rompen moldes- fue la de Diego Maradona, quien disputó los siete partidos del Mundial de 1990 con un tobillo severamente lesionado.

Alfredo Di Stefano -sigan de pie, señoras y señores- expresaba en consonancia que los triunfos les dan alas a los jugadores mientras las derrotas son una bolsa de piedras.

Como es común en las discusiones, la dicotomía resta lo que debería complementarse. Si un monitor aplicado a cada deportista indica que alguien está al borde de una lesión, ¿por qué no prestarle atención ya sea previo a una fajina o en el transcurso mismo de un partido? Lo que no corresponde es asumir que, por más que sus acciones se ejecuten con el cuerpo, el fútbol está al margen de lo mental. Contemplar esta dimensión también previene lesiones.

Gambetear extremos es fundamental. 

Al cabo de tres victorias seguidas que a Boca lo dejaban a dos puntos del liderazgo con un partido menos que Estudiantes de La Plata, la revista El Gráfico reunió a José Berta, del xeneize; Claudio Marangoni, de Independiente, y Marcelo Trobbiani, de Estudiantes. El mediocampista auriazul planteó que Boca, que les había ganado a rojos y pincharratas dos semanas atrás, era candidato por la voluntad de su plantel y el apoyo de los hinchas. Le contestaron que quizás se notara en el tramo final del torneo de Primera División de 1982 que el equipo casi no había realizado pretemporada.

El campeón del torneo fue Estudiantes. Independiente lo escoltó. Boca concluyó tercero.

Era rigurosamente cierto que Estudiantes e Independiente estaban mejor físicamente que Boca. Tanto como que Boca perdió el título en dos derrotas consecutivas frente a uno de los descendidos, Sarmiento de Junín, e Instituto, formación de mitad de tabla. Tanto en la caída 2-1 en Junín cuanto en el 0-1 en la Bombonera Boca malogró penales, uno en provincia de Buenos Aires y dos en su propio estadio. Aún le restaba enfrentar a once rivales, pero su suerte quedó echada.

Una vez más, el fútbol se ocupaba de demostrar que, como tantos aspectos de la vida, depende de múltiples variables.