26/2/26

Paro: palabras que tal vez sirvan

La profesora de Lengua Castellana repartió la consigna: "Por favor, elaboren un texto en el que manifiesten motivos en favor y en contra de los paros docentes. Pero no me vengan -era informal incluso por escrito- con dos listados; hagan una presentación propia de gente con ganas de relacionar ideas".

Adriana Castro le dejó este material en su escritorio al cabo de 45 minutos:

 

Casi siempre que docentes no dan clase a modo de protesta por sus bajos salarios surgen disputas -generalmente vanas pues casi nadie está dispuesto a entender razones ajenas- acerca de cuál es el límite entre el reclamo legítimo y aquel por el cual se daña al otro. Desde luego que todos tenemos derecho a expresar disconformidad ante aquello que sentimos molesto o perjudicial, desde un café que nos sirven frío a una comida hípersalada o un impuesto mal cobrado. Eso no habilita a romper pocillos, platos ni vidrios.

Una tía jubilada suele decir, porque ella obró así, "los docentes tienen que ir y dar clase, aunque cobren poco". Nunca le dije que procedía de esa manera ya que su salario era un añadido al ingreso principal de la casa. Tampoco le hice saber que a ella le gustaba estar en el aula y que se aburría sin su rutina laboral, de modo que más que por servicio al otro evitaba los paros por conveniencia propia. Menos que menos le iba a plantear que, con su criterio, el abuso patronal del poder está garantizado. Y que siguiendo esa línea un alumno se tiene que sentar calladito en el aula aunque el profesor lo rebaje.

Hay quienes indican, al amparo de muchas evidencias, que los paros nada solucionan pues si algo tiene claro el 99,9 por ciento de los gobernantes es que de la educación hay que hablar grandezas y obrar pequeñeces, no sea cuestión de que tanto educarlo el soberano se dé cuenta de las miserias del poder. Este grupo, que propone ir y dar clases sin afectar al alumnado, sugiere a los docentes alguna medida alternativa tal como una clase pública, sin reparar en que eso los lleva a trabajar más por el mismo ingreso que motiva la queja.

Otros sostienen la chance de ir a las clases los días de paro y, en vez de llenarlas del contenido de la asignatura, cubrirlas de información y análisis de por qué se demanda aumento.

Voces estudiantiles se quejan debido a que algunos profesores evalúan conceptos no desarrollados que correspondían a las clases no dictadas, lo cual es como pedirle a un paciente que adivine qué le habría dicho el médico que ese día faltó a la consulta.

Otros alumnos lloran con amargura el gasto de dinero de sus padres y ejemplifican casos de quienes perdieron el año en 1987 o los que se recibieron sabiendo mucho menos de lo que otras generaciones por los baches durante 2020 y 2021 signados por el Covid.

A ellos se les suele achacar que a los días de clase perdidos les prestan la atención que no destinan a los teóricos en los que chatean o a los que ni van. O que desaprovechan las clases de apoyo. O que llegan a tercer año de la carrera sin saber cómo se saca un libro de la biblioteca.

Ahora bien, quienes ponen el grito en el cielo a raíz del perjuicio formativo por clases no dadas aceptan con gusto ser aprobados pese a que son conscientes de que saben poco. Los que se quejan por la baja calidad académica y la pérdida de tiempo, ¿se toman el tiempo de recursar aquello que han aprobado raspando?  

Miguel Boitier -quienes llevan sombrero, tengan a bien sacárselo- un martes a la tardecita, momento de los teóricos de Sociología, miró el aula: no más de 30. Mostró las dos hojas con las firmas de los alumnos: más de 120. Sonrió apenas y preguntó dónde estaba la legalidad y dónde, la legitimidad. Quienes firmaban su presencia se habían ido hacía rato. 

Si un gobierno se comporta respecto de la educación como esos alumnos, ¿hay que ir al aula como si nada pasara o es necesario dar un mensaje? 

Quizás haya que hablar, pero no ponerse verborrágico: hacer paro, decir "esto así no puede seguir" hasta que el gobierno de turno escuche. En el medio, ya que esto es lo que se le solicita, seguir atento a los mensajes del alumnado. Predisponerse a comprender, además del deseo de ser comprendido. Como todo, es diez mil veces más fácil de pensar que de hacer.