Seguí durmiendo, total...
Adrián Ramírez tiene que entregar un cuento corto en el que se noten frustración y mala praxis. Lo debe narrar el protagonista como si estuviera charlando con una amiga. Timbre. Esto es lo que queda en el escritorio del profesor Lionel Llobet.
Como suele decirse con acierto, es más barato aprender de errores
ajenos que de los propios. De eso trata este texto: de que se los muestres a tus hijos y les digas "tomen nota, así es como no hay que
hacer para tratar de conquistar a una mujer".
Hace
dos sábados, como a las 5 de la tarde, golpean la puerta del
departamento. Salgo y encuentro a la buena vecina de piso cuya edad es
similar a la de mi madre y a la hermosa vecina que vive debajo,
interesada en consultar si podría ayudarla a reparar un flexible del
baño.
Como es lógico -tan imbécil no soy- bajé aunque no soy
plomero ni quiero serlo. En su presencia, también en la de su madre,
charlamos mientras intentaba colocar el flexible en un receptor que
seguro debe llamarse de otro modo. Todo bien hasta que, aun sin apretar
en demasía, rompí una tuerca plástica externa.
Desde
luego, no me hizo ningún reproche. Decidí bajar raudamente a tratar de
comprar una en el polirrubro a media cuadra de casa. Nada. Ferretería
metros más allá, cerrada por liquidación. Crucé el puente, suponiendo que
tal vez en un barrio pudiera haber una abierta. Pregunté a varios vecinos, seguí caminando y, al cabo de varias que tampoco atendían, en Jean Jaurés di con una abierta... pero que no vendía esas tuercas. Muy
amable y comprensivo ante mi ignorancia, el dueño me dijo que viene el
flexible entero. Salí del lugar frustrado, caminé en busca de otra y se
me hizo la luz: no puedo volver con las manos vacías. Desandé dos
cuadras, compré el flexible y regresé contento.
Ya no estaba
la madre en el departamento, solo la mujer que me interesaba y su hijo,
más el padre que guiaba mi acción mediante videollamada.
Así
supe, y se lo dije a ella, de la existencia de la cinta de teflón y su
aplicación. Entre tanto, le pregunté si a ella le gustaba hacer
reparaciones porque tenía unas cuantas herramientas y la respuesta fue
que eran herencia paterna, no vocacional. Le comenté que lo mío con las
manos pasaba por escribir, no por reparar, y tuvo el buen gusto de
callar lo que acaso haya pensado: "Me di cuenta cuando rompiste la
tuerca".
El hijo abrió la llave de paso, algo goteaba, ajusté un poco más y quedó mejor.
Me
negué a cobrarle el flexible y, ante su insistencia, le dije que había
costado dos mangos y que, además, muchas veces recibí ayuda desinteresada de gente que ni me conocía.
El
lunes toqué su puerta para preguntar cómo había quedado el arreglo, lo
cual me importaba un comino. Me invitó a pasar -claro que con la puerta
apenas entreabierta- y al ver que estaba con su hijo opté por decir que
no, que estaba bien así. Supe que su padre la había visitado el domingo
y ajustado lo necesario para que el mínimo goteo cesara.
El
miércoles fui a dejarle una nota que le escribí y en la que,
básicamente, le agradecía el peculiar sábado a la tarde que a su
instancia había pasado, desde el desafío de encontrar una ferretería
abierta a procurar que me saliera bien una tarea manual. Agregué que el
lunes hubiera querido entrar a charlar un ratito y que había optado por
no acceder ya que sentí que tal vez molestara pues ella estaba con su
hijo. Le hice saber que si bien por mi trabajo estoy en contacto con
gente, a veces me gustaría hablar en clave no laboral, motivo por el
cual la invité a golpear mi puerta o mandarme un wsp.
La nota
estaba tipeada por computadora y empezaba diciendo "Hola Violeta!".
Cuando fui a entregarla, estaba solo la madre, a quien le pregunté por Violeta. "Rosa es mi hija", me corrigió amablemente. Vaya a saber
por qué el sábado me pareció oír "Violeta". Preguntó si quería darle un
mensaje y le contesté que pasaría después de trotar un poco, lo cual
hice al ritmo de mi ánimo, uno de mis mejores tiempos.
Volví, transcribí la nota y bajé. Esta vez me hizo pasar, le pregunté cuánto
hacía que no recibía una carta, charlamos tres minutos en los que me
contó que salía de una gripe, que llevaba una semana sin fumar, lo cual
hace cuando está ansiosa, que quiere cuidar su salud y por eso había
empezado a ir a pilates. Me escuchó contarle de los beneficios de
salir a trotar y que tomé este hábito tras sentirme realmente mal a
comienzos de 2013.
Le pregunté cuándo iba al gimnasio, oí
decir "ahora" y, si bien no añadió "así que tomátelas", explicité que
entonces no quería molestar y salí.
Viernes a
la tardecita. Golpes a la puerta de casa. Me levanté de la silla con una
alegría enorme... disipada al abrir y encontrar a mi vecina de piso, la
de la edad de mi madre. Quería ver si podía ayudarla a reconectar la TV por
cable. Era una cuestión de pilas del control remoto. Fue lindo hablar
con ella, aunque supo a helado de limón a falta del de chocolate.
Sábado a la mañana. Bajo y me topo con Rosa. Saludo va, saludo viene y ni palabra de la carta.
A
la tarde, seguro de su presencia por ruido de sillas que se corren y de
escobillón contra la pared, bajé. Se oía música también. Llamé a la
puerta. Nada.
El domingo me cansé de oír que estaba en la casa, pero no escuché ningún golpe a mi puerta. Costó dormir.