La epidemia y el perro
Por Martín Bufali
Fue ese diez de
marzo que la epidemia llegó para instalarse a la ciudad. La plaza 12 de
octubre funcionaba como un hospital a puertas abiertas. Nadie sabía de
que se trataba pero estaban todos enfermos, la gente desesperada pedìa a
gritos ayuda. Lo peor fue cuando los rumores se hicieron realidad. Un
solo médico quedaba sano en medio de la devastada Pilar.
El gobierno se
encargó de declarar en cuarentena el noreste de la provincia de Buenos
Aires, y dentro de ella, solo él, totalmente agobiado, con un bisturí
sacándose un riñón, luego de descubrir que en su glándula suprarrenal se
encontraba la inmunidad. Y así lo hizo, trabajó toda la cruel noche
de gritos y al amanecer ya tenía vacunas que con un poco de suerte
alcanzarían para todos.
Comenzó a vacunar a
todos los que pudo, y a su vez, ellos lo hacían con el resto y cada
quien aplicaba a sus mascotas que también habían enfermado. En tres días
de intensa labor, sin siquiera pegar ojo, todo Pilar se encontraba
curado.
Totalmente cansado,
arrastrando los pies, entró a su casa, se asomó al jardín, y allí
estaba Astor, su perro, tirado, agonizando, como esperando el saludo
final de su amo. Lloró a su lado diciéndole "Perdón que me he olvidado
de tí, estuve ocupando salvando al mundo". Astor asintió y cayó rendido,
casi con los ojos totalmente cerrados y el pobre doctor alcanzó a
entrar a su casa poco antes de caer al suelo destruido.
Insultò al mundo, a
la ciudad, a la vida. Lloró y lloró todo lo que pudo hasta que escuchó
un ruido muy peculiar y desagradable que venía del jardín. Salió, y el
hedor no era de lo más agradable, calculó que el cuerpo de Astor
comenzaba a pudrirse, pero no quiso mirar.
Llamó a un vecino veterinario para que lo ayudara. Este salió al patio y allí lo vio a Astor.
"Doc, vaya a saludar a su perro que ya está mucho mejor, no tenía otra cosa más que gases".
--