Paradojas, pero hasta ahí
El sitio de la BBC recrea un estudio publicado el año pasado en Fronteras de la Psicología. Los investigadores hallaron que la música triste hace que la gente se sienta mejor. La amargura en las letras puede no reflejar directamente las propias vivencias del oyente, pero estimula en nuestro cerebro elementos químicos capaces de generar una respuesta catártica. Esto no es un sentimiento displacentero, y puede explicar por qué las audiencias se inclinan a comprar canciones tristes y por qué los artistas desean escribirlas o cantarlas.
Alguna vez, una docente de Comunicación afirmó que cientos de miles de personas ven noticieros repletos de crímenes -informaciones penosas- como forma de reinterpretar sus días. Alguien acaso llegue cabizbajo a las 20 y se levante de la silla a las 21 sintiéndose un privilegiado que no sufrió robos ni heridas. Claro que tan placentero no es este ejercicio, prueba de lo cual es el bajo encendido de los canales de noticias durante los fines de semana, esto es, el bloque en el cual abunda el tiempo libre.
Aun así, la profesora y el informe publicado por la BBC desmienten la teoría de la aguja hipodérmica, según la cual el emisor maivo es todopoderoso y el receptor, su víctima. Lejos de esto, los hechos marcan que los oyentes, televidentes y lectores tienden a modelar los mensajes según sus intereses y posibilidades.
Ejemplo: un periodista habla de cómo evitar una entradera. Un conductor de autos preocupado toma nota de lo que le conviene hacer para no ser víctima de robo. En ese instante, un ladrón apunta qué es lo que tiene que evitar para consumar el asalto. Simultáneamente, un asesor de seguros recuerda ese riesgo para ponerlo en la lista de miedos a inculcarle a sus potenciales clientes.
En síntesis, cada uno de estos televidentes usa el mensaje del periodista para gratificar sus necesidades particulares.
Nota al pie: Tampoco es cuestión de pasar los más tristes tangos en un cumpleaños de quince.