Letales lealtades
Una de las derivaciones más penosas, a menudo trágicas, del fanatismo es la supresión de la crítica. A su calor se encienden opiniones que recortan feamente la realidad y justifican todo lo que les conviene.
El fanático pierde y hace perder, como ojalá lo supieran los intolerantes seguidores de Los Redonditos de Ricota que han sido incapaces de gozar con Soda Stereo y viceversa.
No es tan grave cuando se trata de música o de cine, rubro en el cual más de uno optó por no ver Casino ya que prefería mantener la imagen de mafioso de Robert De Niro en la película El Padrino II. Tampoco es relevante que alguien muera sin probar la fugazzetta con jamón, de tanto que le gusta la pizza común.
La mano se endurece y pagan millones de personas cuando el fanatismo es político y la lealtad, al partido o al líder, se traduce en ocultamiento de realidades inmensas, en cegueras que equiparan a quienes se supone que habían aprendido a razonar con quienes jamás pasaron por la educación formal. Es entonces cuando se confunde argumento con capricho, búsqueda de la verdad con amparo de la conveniencia, defensa de causa con defensa de quintita.
Para una mejor comprensión, estás invitado a leer lo que sigue, del prólogo de "Rebelión en la granja", obra de George Orwell disponible en el sitio www.bibliotecasvirtuales.org.
"La
gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado una lealtad de
tipo nacionalista hacia la Unión Soviética y, llevados por su devoción hacia
ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una
blasfemia. Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se
juzgaban según distintos criterios. Las interminables ejecuciones llevadas a
cabo durante las purgas de 1936 a 1938 eran aprobadas por hombres que se habían
pasado su vida oponiéndose a la pena capital, del mismo modo que, si bien no
había reparo alguno en hablar del hambre en la India, se silenciaba la que
padecía Ucrania".