Soberbia criminal
"La verdad no penetra en un entendimiento rebelde", se lee en El Aleph.
La frase, cercana a "no hay peor sordo que el que no quiere oír", recuerda al hombre del chiste que, con la boca llena de pompas por el jabón que masticaba, seguía diciendo: "Espumoso, pero es queso".
La porfía es así. Ojalá solo perturbara los sentidos. Alguien salaría el café y lo sentiría sabroso, otro confundiría galletitas de agua con medialunas y uno comería pan de carne satisfecho por lo que cree tarta de acelga.
Sería terco negar que la distorsión perceptiva es peligrosa, como lo sabe quien ha pagado multa por confundir el rojo con el verde, por apuntar un caso leve. Sin embargo, socialmente es más dañiña la obstinación cuando nos priva de la verdad.
Erich Fromm decía de personajes como Adolf Hitler que causaban la muerte por diversas vías: a la ideología genocida, según uno de los psicólogos que más estudió la personalidad del Fuhrer, se le sumó su extremada demora para aceptar la derrota en la Segunda Guerra Mundial, de lo cual derivaron miles de bajas evitables con una pronta rendición. Pero para eso hubiera sido necesaria la humildad imposible en quien mató por doquier en nombre de... la perfección.
"La verdad no penetra en un entendimiento rebelde". Final circular, como el vicio de la soberbia.