Amargate con placer
Alejandro Dolina dijo que hay goces amargos, entre los cuales citaba la lectura de la novela "Crimen y Castigo". Ver "Los girasoles de Rusia" deja una sensación semejante.
La película de Vittorio de Sica protagonizada por Marcello Mastroianni y Sofia Loren expone varias cuestiones de vida que atraviesan colores, temperaturas, sexos y épocas.
La lista incluye la contradicción, ilustrada en la frase "prefiero los escorpiones al matrimonio", que Antonio (el soldado interpretado por Mastroianni) pronuncia horas antes de cambiar de idea y casarse con Giovanna (la Loren).
El encono entre suegra y nuera es otro elemento notable, al igual que la tregua que ambas hacen cuando lo que está en juego es la localización del hombre que las desvela pues no tienen pruebas de que haya sobrevivido a la guerra en Rusia.
El poder del amor queda de manifiesto en numerosas escenas, por ejemplo:
-Aunque sea larga la lista de "niet" que recibe en la extraña Rusia a la que resuelve viajar, Giovanna sigue preguntando a las personas a su paso si conocen al hombre de la foto que les muestra.
-"Contigo no tengo miedo", le asegura ella a Antonio segundos después de sobrevivir a un bombardeo ruso en tierra italiana.
-"Siento que está vivo", afirma Giovanna en diálogo con la madre de Antonio. Sin más certeza que la del amor, sin más evidencia que una corazonada, sabe que la nieve, una de las armas rusas en la guerra, no pudo con su marido.
La trampa de la seguridad integra la nómina de inquietudes que despierta la película. Los protagonistas caen en ella, sin que decirlo implique juzgarlos. Quizás ambos estén "confortablemente adormecidos", tal el nombre de una canción de Pink Floyd. Y no es para menos tras zafar de la muerte por congelamiento en tierra extranjera o luego de notar que, por hache o por be, los profundos sentimientos mutuos pasaron a ser unilaterales.
La devastación de la guerra aparece, visible y subyacente, en las miles de tumbas de soldados, bajo los millones de girasoles que crecen sobre cadáveres y en los cientos de mujeres que, foto en mano, se vuelven de la estación con la pena de no haber visto bajar de los trenes a sus hombres.