Callate, gil
"Nos vamos a equivocar, pero será por hacer", prometió el capataz. Dos días después la primicia se cumplía: la excavación rompió el caño de agua.
"Para eso hubiéramos dejado que la obra la siguieran los otros infelices", se quejó Antonio, presidente de la vecinal.
-Yo no soy ningún infeliz -cometió el error de replicar González.
-Tiene usted razón. Con el debido respeto, déjeme tratarlo desde la mayor sinceridad: usted es un formidable pelotudo -dijo Luis, quien de inmediato le estrechó su mano derecha y se presentó como "un ciudadano de Río Cuarto que paga sus impuestos pese a recibir malos servicios".
Acaso porque le había ido mal contestando o por el metro noventa y dos de Luis, González optó por el silencio.
Al verlo llegar a la tardecita, su esposa no le preguntó qué tal le había ido. Recordaba lo que también él evocó en segunda instancia: "No siempre que tengas razón es razonable hablar".