Desafiná, ¿qué importa?
García no había estudiado locución, pero sabía hablar claro y desde adentro: "Muchachos, no se coman el caramelito de la inclusión. Que los aprobemos aunque no sepan escribir ni razonar una regla de tres simple no significa que los estemos preparando para progresar mediante el trabajo. Es más, esta suerte de formación les da grandes chances de quedarse afuera del empleo calificado. En otros términos, les damos un diploma mentiroso".
Lo preocupaba notar cada vez más cercano aquel ejemplo humorístico de Alejandro Dolina en el que un docente solo pedía a un alumno saber la tabla del uno para aprobar Matemática.
Lo rebelaba que se corriese cualquier límite. Que en el diccionario cotidiano, aprender fuera sinónimo de zafar. Que los signos de puntuación ya no importaran siquiera en Lengua Castellana, menos que menos en las otras materias. Que, en el nombre de la autoestima, algunas autoridades sugiriesen evitar el 1 como calificación al que había hecho todo mal.
Sentía que era demasiada confusión de funcionarios y docentes frente a pibes que necesitan guías, no palmaditas condescendientes.
Al fin y al cabo, García no corrió peligro de muerte por tener que empeñarse para cumplir con las 5 extensiones de brazos en la barra que solicitaba el profesor Gonella en la vieja Escuela Nacional de Educación Técnica. ¡Eso sí que es bueno para la autoestima! Ver que con esfuerzo y técnica es posible progresar resulta mucho más saludable que hacer de cuenta que nada es lo mismo que bastante.
García se daba manija mientras escuchaba música. Sonaba "Don't stop me now", con la formidable voz de Freddie Mercury. Pensaba entonces si los hijos de la escuela de la tabla del 1 cantarían así en caso de dedicarse a la música. La indudable respuesta era no.