1/12/20

Savia literaria

Al pensar en "tres lecturas que me impactaron y me siguen impactando", Elena Moscone empieza por "la poesía Honrar la vida, de Eladia Blazquez, que fue llevada a la música": 

¡No! Permanecer y transcurrir
No es perdurar, no es existir
Ni honrar la vida
Hay tantas maneras de no ser
Tanta conciencia sin saber
Adormecida...
Merecer la vida no es callar y consentir
Tantas injusticias repetidas...
¡Es una virtud, es dignidad!
Y es la actitud de identidad ¡más definida!
Eso de durar y transcurrir
No nos da derecho a presumir
Porque no es lo mismo que vivir...
¡Honrar la vida!
¡No! Permanecer y transcurrir
No siempre quiere sugerir
¡Honrar la vida!
Hay tanta pequeña vanidad
En nuestra tonta humanidad
Enceguecida
Merecer la vida es erguirse vertical
Más allá del mal, de las caídas...
Es igual que darle a la verdad
Y a nuestra propia libertad
La bienvenida...
Eso de durar y transcurrir
No nos da derecho a presumir
Porque no es lo mismo que vivir...
¡Honrar la vida!

"Esta belleza -sigue la alumna del PEAM- me llega a lo más profundo cada vez que escucho la canción y cada vez que la leo como poesía ya que veo en ella la razón de ser, de existir, de vivir pero honrando esa vida que tenemos recordándonos constantemente que el paso por este mundo nos debe hacer los suficientemente honrosos de merecerla. Un ser humano íntegro, capaz de dejar huella por nosotros y para las futuras generaciones es un bello himno a la libertad.
Otra poesía que me gusta y me toca hondo -agrega Elena- es No te salves, de Mario Benedetti":
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Para Elena, "esta poesía nos enseña a vivir sin retaceos, a vivir intensamente,
a no ser indiferentes a todo lo que nos rodea, a tomar riesgos, a no amontonarnos
en el lugar de la nada. No te salves privilegia el ser".
Su tercera elección es "Las chicas electrónicas, un cuento breve de Ana María Shua":

-¿Te acordás, hermana? Nos íbamos a bailar a las dos, tres de la mañana, de golpe los jóvenes copábamos la calle, como si todos al mismo tiempo saliéramos de nuestras madrigueras. Nos juntábamos en los kioscos, en los bares, en las esquinas…
-Me acuerdo. Usabas brillantina en la cara y en el escote. Y esas zapatillas de plataforma que te gustaban tanto pero te hacían torcer el tobillo.

-Estaba muy orgullosa de mi aro: me había costado varias infecciones y todavía lo tenía allí. Vos te ponías gel en el pelo. Y usabas tops con una sola manga para lucir el tatuaje en el hombro. ¿Lo tenés todavía?
-Una vez me hice un esguince y de algún modo me las arreglé para seguir bailando. Lo que es ser joven. Al día siguiente me tuvieron que enyesar. Y vos tenías el aro en el ombligo.
-No, me lo saqué con láser hace unos años. Los rollingas sacaban a relucir sus zapatillas blancas, el flequillo y los pañuelitos al cuello.
-No les gustaba que les dijeran rollingas. Ellos a sí mismos se llamaban stones.
-Tenías ese amigo alternativo, ¿te acordás? que se pasaba la mitad de la vida levantándose los pantalones. Y usaba la cadena colgando atrás para sostener la billetera. Pero sin billetera, porque ya se la habían robado una vez con cadena y todo.
-¡Cómo se asustó mamá cuando me hice esa lastimadura con las uñas!
-Ah, claro, con la onda de la escarificación. Nuestros padres no apreciaban mucho las cicatrices.
-Enseguida corrieron a consultar a su terapeuta, como hacían siempre. POr suerte la mina estaba en el mundo real y les dijo que se quedaran tranquis, que era nomás una moda.
-Vos usabas el pelo violeta, te lo habías decolorado para que te tomara bien y estaba todo arruinado, como paja. Me acuerdo que la abuela te pagó la peluquería como regalo de cumpleaños y cuando vio la obra terminada se quería cortar las venas con una vainilla.
-Siempre te envidié el mameluco anaranjado brillante. Yo no tenía una ropa tan electrónica. Todos te miraban. Nuestro gran sueño era participar alguna vez en la súper rave internacional, el Love Parade de Berlín.
-Mamá se sorprendía de ver a nuestros amigos varones con los ojos pintados. Y cuando le contábamos que bailaban entre ellos…
-Pretendía que le explicáramos las diferencias entre el house y el trance o entre el drum-and-bass y el jungle. ¡Si lo último que había escuchado ella eran los Beatles!…
En el año 2030, así recordarán mis hijas esas madrugadas electrónicas de Buenos Aires. Y mientras charlan, escucharán música, pero no precisamente tecno: escucharán tango, algún viejo clásico como Adiós Nonino. Que no es música de pibes. Porque para disfrutar del tango hay que haber tenido y haber perdido, hay que ser capitán de la nostalgia, enamorado del recuerdo

"Este cuento describe una situación común contada como solo ella lo puede hacer. Describe una edad juvenil que hemos pasado y demuestra esa hermosa rebeldía. Me pasó igual -recuerda sonriente-, que me esguincé un pie bailando con las famosas plataformas".
Elena ha optado por este trío literario "por su actualidad, porque en esta tercera edad y ya en la madurez necesito repicar en mi mente todas esas palabras que nos fortalecen: honrar, ser humanos, luchar por la libertad, gozar de la vida, porque el presente nos atraviesa y el pasado feliz nos ayuda a recordar momentos bellos".